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26.8.10

Educación laica o en una sana laicidad.



En la evolución del lenguaje se han venido acuñando términos que nos ayuden a expresar la realidad que percibimos y la complejidad de nuestros sentimientos, de ésta forma se ha desarrollado el idioma, permitiéndonos describir con mayor precisión la realidad. Las palabras nos ayudan a distinguir bien la realidad, no es lo mismo un término que otro, las palabras jamás son neutras.

La presidenta del SNTE, profesora Elba Esther Gordillo; en el inicio del ciclo escolar 2010 – 2011, asumió el reto de asumir el principio básico de la educación laica. Educación que promueve un laicismo que pretende separar dos dimensiones importantes en la vida de los hombres, la dimensión social y la dimensión espiritual, todo como si se tratara de cambiar de vestuario según la ocasión.

Ha sido el Papa Benedicto XVI quien en repetidas ocasiones ha hablado de una sana laicidad, haciendo referencia con ello a la necesidad de respeto de las instituciones del estado frente a las diversas expresiones religiosas, entendida como una neutralidad religiosa positiva. Evidentemente, lejos de ser rechazada una sana laicidad para los católicos, ha sido expresamente reconocida y promovida por la enseñanza reciente de la Iglesia.

Los católicos entendemos perfectamente el valor de la sana laicidad, ya que, además de defender el derecho a la libertad religiosa proclamamos el principio de la autonomía del orden temporal (Concilio Vaticano II, cfr. GS. 36.). El laicismo en el fondo es un confesionalismo estatal, que se identifica con una determinada religión; en el laicismo el estado hace suya la creencia en la “no-creencia”. En esto consiste el mandamiento más grande de la educación laica, fomentar las nuevas generaciones en la “no-creencia”.

La convención europea de los derechos del hombre en su artículo 9 consagra la libertad de pensamiento y de religión que toda persona tiene, lo que implica “manifestar su religión o sus convicciones, individual o colectivamente, en público o en privado, por medio del culto o la enseñanza, las prácticas y las observaciones de los ritos.” En una educación laica no hay espacio para reconocer en sus programas este derecho al ejercicio público que va más allá del culto, pretende que la religión se encierre en el ámbito de lo privado. Es un laicismo que mientras promueve el valor de una sociedad democrática y plural, niega la participación de la religión con voz propia en la agenda publica. Privilegiando por otra parte, las diversas voces de filosofías y cosmovisiones que justifican una “autonomía” o “independencia” de la realidad creada respecto de su creador.

En su visita a la ONU en mayo del 2009, el Papa afirmó en su ya célebre discurso: “No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan a la construcción del orden social”.
La defensa de la democracia y del pluralismo no debe llevarnos al rechazo de la religión, antes bien como cristianos católicos debemos asumir el principio educativo de la sana laicidad que promueve de la democracia, que impulsa a luchar con responsabilidad y lucidez por un país donde reine la paz y la prosperidad, la libertad y la unidad; y donde la igualdad y fraternidad estén a la base de nuestras relaciones humanas.
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